
Conocí a
Nan Goldin de una
manera inolvidable, tal vez por eso, sea de esas
fotógrafas que no se olvidan, que marcan y que vienen a la mente cuando uno se imagina una
artista que retrata épocas, sensaciones y semanas tras semanas. La conocí en un ipod cuadrado y pequeño y era la voz de un un gran pequeño
artista en potencia, quien me hablaba emocionado, mientras sus dedos corrían pasando unas y otras fotos a modo vertiginoso, alternándo anécdotas, historias y detalles de la americana. Me contaba que
Goldin narra, a través de sus fotos, su vida. Habla de ella, de sus amigos, de sus amantes, creando un
“diario visual”. El segundo gran encuentro fue sentada en el suelo de la biblioteca del Pompidou devorando libros que hablan de ella, contaban las muertes cercanas que ha vivido, los proyectos en los que se ha embarcado y las historias en las que ha andado liada. Una
obra ligada de manera paralela y cercana a su vida personal, saltando reglas estéticas, consiguiendo, gracias a eso, una
fuerza y narrativa fuera de lo común.

A primeras su trabajo es duro, fuerte y crudo, pero si uno pasea entre sus encuadres acaba penetrando en una
dulzura sublime, sencilla y desnuda. Ahora llega a
Madrid y es que la
Galeria Javier Lopez nos presenta sus obras, para ver de cerca, para sentarse en el suelo, para respirar su mundo, para tocar su vida. Yo ahora ando lejos y espero que seas tú quien si pasea por Madrid me lo cuente,
¿me lo cuentas?
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